Quién tiene más aura

Hace unos días se hizo en la UCR una «batalla de auras».

No voy a intentar explicar en qué consiste porque, si usted necesita que se la expliquen, probablemente ya perdió el aura.

La cosa empezó, como empiezan muchas de las mejores tonterías humanas, por un chiste. Alguien convocó una batalla de auras y un montón de estudiantes decidió seguirle la corriente. Llegaron, se reunieron, hicieron competencias, se rieron y convirtieron por un rato un espacio de la Universidad en escenario de algo que no tenía demasiada utilidad.

Y eso está bien. Porque sí, una batalla de auras es una estupidez, y ese es precisamente su encanto.

Tenemos esta extraña necesidad de justificar el ocio convirtiéndolo en algo productivo. Hay que leer. Aprender un idioma. Hacer ejercicio. Escuchar un podcast que nos enseñe algo. Emprender. Meditar. Invertir. Mejorar. Hasta descansar tiene que servir para algo.

¿Y si durante una hora uno simplemente quiere hacer una estupidez?

No todo lo que hacemos tiene que producir dinero, conocimiento, prestigio, currículum o crecimiento personal. Algunas cosas pueden existir únicamente porque nos hacen gracia. Y eso no vuelve estúpida a una persona.

Una persona puede leer a Marx y participar en una batalla de auras. Puede investigar, estudiar una carrera difícil, discutir política, preocuparse por el país y cinco minutos después hacer un baile absurdo con sus amigos. La inteligencia y la tontería no son opuestas. De hecho, buena parte del humor consiste precisamente en jugar con significados, códigos, absurdos y referencias compartidas. Entender cuándo algo es deliberadamente ridículo también requiere comprender el código del juego.

Pero hay otra cosa que me interesa todavía más.

Vivimos rodeados de razones para angustiarnos. Hay jóvenes que se preguntan si van a conseguir trabajo, si algún día lograrán independizarse o comprar una casa, si el salario les va a alcanzar para el futuro que se imaginan. Y vivimos en un país atravesado por problemas bastante más serios que eso: violencia, desigualdad, falta de oportunidades.

La angustia existe. La pregunta es qué hacemos con ella.

Porque no todo lo que hacemos frente a la angustia tiene que ser solemne. A veces hacemos chistes, jugamos, bailamos, nos inventamos códigos que las otras generaciones no entienden, nos reunimos a hacer cosas completamente absurdas. Y por un rato, respiramos. Eso también forma parte de estar vivos.

Por eso, más que preocuparme porque un grupo de universitarios organizó una batalla de auras, me preocuparían los jóvenes que no encuentran oportunidades, los que tienen que abandonar sus estudios, los que no logran imaginarse un futuro posible, los que están solos o sienten que no tienen ningún lugar al cual pertenecer.

Una multitud de jóvenes riéndose en una universidad no me parece una imagen particularmente alarmante. Al contrario. En una época en la que hablamos todo el tiempo de aislamiento, de lo difícil que se ha vuelto relacionarnos y de vínculos mediados por pantallas, alguien hizo una convocatoria absurda en Internet y un montón de personas apareció físicamente en el mismo lugar. Muchos probablemente ni siquiera se conocían. Y jugaron juntos.

Eso también es apropiarse del espacio público.

Las universidades no son únicamente aulas, bibliotecas, investigaciones y títulos. Son lugares donde las personas se encuentran, donde nacen amistades, movimientos, conversaciones, amores, protestas, ideas y, por supuesto, estupideces.

Me da particularmente risa imaginar al guarda de seguridad acercándose preocupado porque hay una multitud reunida, pensando que se armó una pelea, para descubrir que lo que está ocurriendo es una batalla de auras. Nada más. Nadie se está golpeando, nadie está destruyendo nada. Están jugando.

Quizá hemos confundido demasiado la adultez con la solemnidad. Nietzsche escribió que la madurez consiste en recuperar la seriedad con la que jugábamos cuando éramos niños, y crecer nunca debió significar dejar de hacer tonterías. Consiste, más bien, en saber que hay momentos para estudiar, trabajar, pensar, indignarse y hacerse cargo de las cosas importantes, pero también momentos para reírse de algo que no tiene ningún sentido.

Porque frente a tanta incertidumbre habrá que hacer algo con la angustia. Y a veces hacer algo con ella puede ser tan sencillo como encontrarse con otros, ocupar un espacio, jugar y reír.

Aunque sea para decidir, con absoluta seriedad, quién tiene más aura.

Deja un comentario

Descubre más desde Viajá con Tutis y Guille

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo