Mi gato me enseñó que necesito dejarme acompañar 

Hay días en los que una no sabe muy bien cómo nombrar lo que siente.

No es una gran crisis, casi nunca lo es. Es más bien una tristeza que se queda dando vueltas sin razón clara, un cansancio que no se acomoda ni con dormir bien, esa sensación de estar haciendo demasiado, sosteniendo demasiado, resolviendo demasiado, todo el tiempo.

Y en medio de esos días, mi gato me sigue.

No hace discursos, no me pregunta qué voy a hacer con mi vida, no intenta arreglarme nada. Solo está. Me acompaña de una habitación a otra como si supiera —con esa sabiduría rarísima que tienen algunos animales— que a veces lo que más necesitamos no es una solución, sino no sentirnos tan solas mientras atravesamos algo.

Y últimamente esa imagen me ha hecho pensar bastante. Quizá yo también necesito dejarme acompañar.

Durante mucho tiempo funcioné desde una especie de mandato interno: hacerlo todo sola, poder con todo, resolverlo todo yo, anticiparlo todo yo. Como si pedir ayuda fuera una derrota, como si necesitar a otras personas significara que algo en mí falló.

A veces pienso que esto tiene que ver con varias cosas a la vez: con el déficit atencional, con esa necesidad mía de andar buscando sistemas y estrategias para sostener lo que se vuelve difícil, pero también con historias más viejas. Con momentos en los que aprendí que era más seguro encargarme de todo que depender de alguien más.

No siempre es fácil distinguir de dónde viene esa autosuficiencia. A veces se disfraza de fortaleza, otras de eficiencia, y hasta puede parecer independencia — pero también puede ser, simplemente, cansancio acumulado. O miedo. O una forma de protegerme que ya no me sirve como antes.

Mi gato no me acompaña porque yo sea incapaz de nada. Me acompaña porque acompañar también es una forma de amor, punto. Y tal vez ahí está la lección, dicha así de simple.

Dejarme acompañar no significa perder autonomía. No significa que ya no puedo. Significa reconocer que no todo tiene que hacerse en soledad — que puedo buscar a alguien que sepa más, pedir apoyo, delegar, dejar que otra persona me ayude a sostener una parte del camino.

Últimamente he empezado a hacerlo más: contactar personas, pedir orientación, buscar acompañamiento, reconocer que no tengo que aprenderlo todo desde cero ni cargarlo todo con mis propias manos. Todavía me cuesta, no te voy a mentir. Pero hay algo profundamente reparador en aceptar que la vida no siempre se atraviesa mejor en solitario.

A veces necesitamos una estrategia. Otras veces solo necesitamos descanso, o una conversación con alguien que nos escuche sin querer arreglar nada. Y a veces, nada más, necesitamos una presencia silenciosa caminando detrás de nosotras por la casa.

Mi gato no sabe que me está enseñando algo. Pero tal vez eso hacen los animales que nos aman a su manera: nos recuerdan, sin explicaciones, que acompañar también es cuidar. Y que dejarnos acompañar puede ser, también, una forma de volver a casa.

2 comentarios

  1. Avatar de Josué Alberto Guzmán Masis Josué Alberto Guzmán Masis dice:

    Súper increíble! Amé este artículo,

    1. Avatar de Con Tutis Con Tutis dice:

      Gracias por leer

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