La polilla no busca quemarse 

A veces hablamos de ciertos vínculos como si fueran decisiones incomprensibles.

«¿Por qué vuelve?» «¿Por qué no se va?» «¿Por qué sigue ahí si sabe que le duele?»

Esas preguntas suelen nacer de la preocupación, pero muchas veces se quedan cortas. Mirar desde afuera una relación que lastima es mucho más fácil que habitarla desde adentro.

Desde afuera parece evidente: si algo te quema, te alejás. Pero por dentro no siempre se siente así.

Porque la polilla no busca quemarse. Busca luz. Busca algo que la oriente, que le dé calor, que la saque aunque sea por un momento de la oscuridad.

Y ahí empieza una pregunta más honesta: ¿qué luz creyó encontrar esa persona en el lugar que también la estaba dañando?

No volvemos a lo que duele porque queramos sufrir. No permanecemos en una relación difícil porque no sepamos pensar. A veces volvemos porque ahí, en algún momento, hubo alivio.

Alguien nos miró cuando nos sentíamos invisibles. Alguien nos hizo sentir especiales cuando dudábamos de nuestro valor. Alguien nos dio intensidad cuando la vida se sentía apagada — y por un instante pareció que esa presencia podía aliviar algo mucho más viejo que ella.

Y ese instante importa. No para justificar el daño, ni para romantizar los vínculos que nos rompen. Importa porque las personas no suelen quedarse atrapadas únicamente por lo malo. Se quedan atrapadas por la mezcla: esa combinación confusa entre ternura y herida, entre promesa y decepción, entre momentos que alivian y patrones que duelen.

Hay vínculos que no se sienten peligrosos al inicio. Se sienten como refugio. Como una pausa, una mirada que por fin llega, una respuesta después de mucho silencio.

Y ahí puede aparecer la confusión: creer que porque algo calma, ya está resuelto.

Pero no todo lo que calma ayuda a procesar lo que dolió. A veces algo calma porque distrae, porque anestesia el dolor por un rato, porque nos hace sentir deseadas o elegidas, porque nos devuelve una versión de nosotras que extrañábamos.

Procesar es otra cosa. No es solo calmar lo que duele por un rato — es poder mirar lo vivido con más claridad, comprender qué tocó en nosotras y empezar a relacionarnos distinto con esa herida.

Por eso, decir «me autosaboteo» puede ser demasiado simple para nombrar una historia más compleja. No es que una persona quiera destruirse. Es que una parte de ella está buscando alivio en el único lugar donde alguna vez sintió algo parecido a la luz.

Y esa parte no necesita insultos. Necesita comprensión, límites, acompañamiento. Necesita aprender a reconocer que una necesidad legítima puede llevarnos a lugares que no nos cuidan.

Porque sí: podemos sentir una necesidad real y buscarla en un lugar equivocado. La necesidad de amor es real. La de ser vistas también. Igual que la de compañía, deseo, pertenencia o reconocimiento.

Lo que puede dañarnos es creer que solo esa persona, solo ese vínculo, puede darnos lo que necesitamos.

Entonces salir no siempre empieza con fuerza de voluntad. A veces empieza con una pregunta más profunda: ¿qué estaba buscando ahí? ¿Sentirme elegida? ¿Reparar una historia vieja? ¿Que alguien confirmara que valgo?

Estas preguntas abren una puerta distinta. Cuando solo nos decimos «otra vez caí», aparece la vergüenza. Cuando nos preguntamos qué parte de nosotras estaba necesitando algo, aparece la posibilidad de cuidarnos mejor.

La vergüenza encierra. La comprensión abre camino.

Y comprender no significa quedarse, ni justificar a quien lastima. Significa mirar con más honestidad el lugar exacto donde nos enganchamos, para no tener que repetirlo desde la culpa.

No necesitás odiar la llama para alejarte. Necesitás reconocer que, aunque un día te dio calor, también te estaba quemando. Y tal vez necesitás construir otras fuentes de luz: una amistad segura, un espacio terapéutico, un proyecto propio, una comunidad donde no tengás que sufrir para sentirte querida.

Porque si la única luz disponible es esa persona, alejarse se siente como quedarse a oscuras. Por eso no basta con decir «vete». A veces hay que preguntarse hacia dónde. Hacia qué sostén, hacia qué vida, hacia qué formas de cuidado que no dependan de quemarte para sentir calor.

La polilla no busca quemarse. Y quizá nosotras tampoco. A veces buscamos luz, alivio, una señal de que todavía somos dignas de amor.

No toda luz cuida. No todo calor acompaña. No toda intensidad es profundidad, y no todo alivio significa que algo se haya procesado de verdad.

Hay fuegos que iluminan. Y hay fuegos que consumen.

Aprender la diferencia duele, porque implica soltar algo que también nos dio momentos de calma. Pero crecer consiste justamente en eso: en dejar de llamar refugio a un lugar donde teníamos que perdernos para sentirnos acompañadas.

No se trata de juzgar a la polilla. Se trata de ofrecerle otra luz.

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